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nº 15 Diciembre 1996

Periodismo y Ética Profesional

Hace un año yo escribía: Las primeras horas de la mañana llegan sin novedad, quiero decir que desde las emisoras de radio unos cuantos profesionales, los mismos de siempre, escupen sus fobias basándose en el titular de prensa más idóneo a sus fines, más mediático.
Los tertulianos a los que me refiero -algunos hacen doblete, tienen columna o editorial diario, columna en semanario y al socaire de su fama han escrito un libro oportunista- se esfuerzan en sacar tajada del escándalo de turno, denunciado por capítulos cual telenovela, peleándose por los porcentajes de audiencia pues de ella dependerá su valoración profesional, es decir, su talón. Da la impresión de que el producto que se vende -la información y la opinión- no importa que esté macado hasta el tuétano, adulterado cual clembuterol o colza informativa.
Un oyente siente ganas de mover el dial o mejor girar la ruedecilla del volumen hasta oír el "clip" de la posición "OFF". -¡Cuánta mierda!- exclama, pero ya es tarde y aún con el rictus demudado se deja atrapar por esas hertzianas como el confiado díptero se deja atrapar en la telaraña. Después un zumbido resignado, sin esperanza; unas palabras de protesta, sin eco. Sólo queda ser disecado por la tripuda con patas. Derrotado al fin.
Otro oyente se jalea así mismo, acaso para disimular su mala conciencia, acaso para saciar su sed de justicia, acaso víctima de un mal entendido partidismo, acaso porque lo ve así y exclama: "¿Cómo que ése es un chorizo? Todos lo son. Menudo atajo de sinvergüenzas. ¿Que son cuatro garbanzos negros? Venga ya, pero si en ese cocido están todos. ¡Un cáncer! ¡Parásitos! ¡Todos colgados!". Ha sido un estupendo alumno, yo diría que aventajado.
El tertuliano, profesional él, sabe de la mierda que este oyente necesita y le da la que hay -que no es poca- y el día que no hay le revuelve la del día anterior y si se cansa de revolver crea otra y vuelta a empezar (estos renglones son copia, no sé si literal, de viñeta de Romeu). Este oyente de sintonía fija se siente eufórico, feliz, no sé si sabedor de que le han metido los dedos que le han facilitado el vómito de todas sus bilis. Ganador, ganador, ganador al fin. No sabe de qué ni le importa pero sí de quién. Ganador.
Después de este avance mañanero llegan las entrevistas políticas. Ellos, los políticos, son perfectamente seleccionados o invitados en un intento de adornar más, si cabe, el escándalo, el rifi-rafe o la descalificación hasta la exageración. En buena medida están enganchados, tertulianos y políticos, en el mismo juego con una variante ciertamente más legítima para el político que es el voto, el poder en vez del talón o la comisión por publicidad. Las comisiones por publicidad ya serían tema para más de una tertulia pero difícilmente lo oiremos en esos programas. Eso no es escándalo... para ellos. Pero no nos distraigamos del caso que nos ocupa y así podemos oír a los políticos que, con la colaboración cómplice del director de tertulia, se limitan a acusar cuando no a insultar -es lo que vende-, pocas veces a exponer o defender sus ideas, sus programas, a comparar y rebatir éstos con sus alternativas, a teorizar intelectualmente y si es en periodo electoral ni le cuento. Creo que ellos, los políticos, son víctimas y bastantes veces colaboradores, aún a su pesar de ese negocio periodístico del que le será difícil escapar a no ser que abandonen su, para mí, respetable vocación.
No sé si algo parecido a lo relatado es lo que animó a Pilar Cernuda, nada sospechosa de rojeras, a escribir un artículo en el semanario B y N de ABC de abril del 94 titulado "Pontífices". En esa columna, donde se critica cierta forma de hacer periodismo, escribe: « Se queda una de piedra ante ese jueguecito de yo escribo lo que me da la gana y cuidadito con replicar porque te vas a enterar de lo que vale un peine (...). Pues si los periodistas y digo periodistas bien alto, los periodistas con mayúsculas saben muy bien de quién , de qué media docena de pontífices estoy hablando. Ricos y famosos con su pan se lo coman». En otro artículo de la misma revista y autora pero de un año después -como vemos, aquí no escampa- incide en el mismo tema y escribe: «Da vértigo todo esto y susto pero sucede y dirigen el cotarro media docena de periodistas que se autoadjudican el derecho de calificar al resto de sus compañeros y el derecho a marcar las pautas de comportamiento que deben seguir el resto de sus compañeros».
Rebuscando en la poca crítica que a mi juicio se hace la "ídem", casi siempre de forma genérica, sin dar nombres, sin reiteración alguna, encuentro -permitidme este abuso de citas- este párrafo de Santos Juliá en El País: «(...)pues la mejor señal de que la democracia existe es que cada mañana, puntualmente, un día tras otro, siete días a la semana, el columnista o tertuliano de turno, subido al palo de la aldea de su periódico, de su radio o de su televisión, con el resguardo del impreso bancario en la faltriquera nos informa de que esto es una insoportable dictadura que atenta contra la libertad de expresión (...) un periodista de esos que disponen de espacio diario para escribir todo lo que le apetece califica al Presidente de Gobierno de "loco de la Moncloa" para, a renglón seguido, denunciar los atentados cometidos por ese demente contra la libertad de expresión».
Sería una falta de ética similar a la que estoy pretendiendo poner de manifiesto si, aunque fuera remotamente, en este artículo se vertiera una crítica generalizada a los periodistas, así que no seré yo, maletilla de la pluma, el que lo haga, mucho menos el que reclame censura alguna. Pero yo, como persona, tengo opinión y la manifiesto a cambio de nada material y es que la información actual o confusión, o dedos en la boca, o ventilador de la mierda (frase puesta de moda para acallar a personas por quienes no han hecho ni hacen otra cosa con un cinismo que asombra) o la opinión pública o publicada, todas estas controversias, todo ello para bien o para mal -yo creo que para mal y por eso lo critico- es debido en buena medida a la influencia que han conseguido, a las canchas que se les ha dado, incluso desde estamentos religiosos a esos "pontífices" a los que se refería Pilar Cernuda y que se hacen llamar para más "inri" periodistas independientes, forjadores de una asociación (AEPI) creada según ellos para defender la libertad de expresión.
Si dentro de la crítica se ejerciera una parte a desenmascarar los excesos, la falta de ética profesional de ese puñado de críticos, que monopoliza una parte muy importante de la opinión, mucho ciudadano que tiene derecho a una información veraz, por la que paga -doble derecho-, no estaría tan encanallado, desorientado, confundido y algunas veces engañado. La verdad, relativa o no, es la verdad. Si conscientemente se manipula, si conscientemente se añade algo que no es verdad, es tan despreciable como si se hurta la verdad o como si se miente. Y es aquí donde la crítica en general no es demasiado exigente con ella misma en comparación con lo que exigen a los demás. ¡Perro no come carne de perro! Pero se nos está acostumbrando al ¡vale todo! Más sigamos con nuestro análisis: el gran pensador francés del siglo XVIII Montesquieu -lo nombro con pudor pues no tengo más licencias que la de mi trabajo y la de la "mili"- estableció que los estados modernos se debían basar en la separación de los tres poderes básicos: legislativo, ejecutivo y judicial, y en esa separación se basan las actuales democracias. Pero hay otros llamados fácticos. Uno de ellos es el poder de los medios de comunicación, hoy llamado cuarto poder aunque algunos quieren ser el primero sin pasar por las urnas. El resultado de los diferentes poderes debe ser un equilibrio, un frenarse unos a otros, un hasta aquí es mi cometido, más pienso que a esos "pontífices" no hay quien los frene, jaleados por intereses de conveniencia y por la lógica mercantil. Ellos solitos juzgan y condenan, dicen cómo tiene que ser la ley y quién no siga esos dictados será un chorizo, un dictador o un atado al pesebre.
Nada contra las tertulias cuando son confrontaciones de ideas, de búsqueda de la verdad, de denuncia pero contrastada, de opinión pero bien diferenciada de la información, de la sátira cuando no es más que eso, agudeza e imaginación pero, cuando en los medios de comunicación se mezcla el amarillo o comisionado con el de investigación o intelectual, el resultado es una basura que está haciendo mucho daño y estoy pensando, al decir esto, en la juventud pues el único mensaje que les llega es el de sinvergüenza, chorizo, sinvergüenza, chorizo...
¿Cómo es posible que algunos de esos medios invoquen que el Gobierno -digo yo que serán todos los Gobiernos- tiene que desvelar secretos de Estado si ello es necesario para esclarecer una causa y al mismo tiempo esos medios se amparan en la inviolabilidad de sus fuentes, no ya para esclarecer una causa sino para publicar o hacer uso mediante esa garantía de verdades, medias verdades, absolutas mentiras o dossieres fabricados exprofeso? No me cuadra una cosa con la otra.
¿Cómo es posible que una prensa que critica las mayorías absolutas, que dice que "el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente", que hace español del año a un político y que, poco después, al celebrarse unas elecciones en las que ya no hay mayorías absolutas y ese personaje decide pactar con la mayoría minoritaria, dicha prensa le dedica las siguientes lindezas recogidas por Arcadi en los siguientes días del pacto: "tapadera, apóstol de la componenda, concubina, barragana pequeñita y gordezuela, dueña chica y caliente, rechoncho y minúsculo honorable, top-model marcando paquete autonómico, borrego, mercader oportunista, carcelero, desodorante, emperador del Paralelo, bajito, a tu salud me hago gañolas, pajas y gallardas"?. Tampoco me cuadra.
¿Cómo es posible que los periodistas catalanes desarrollen y aprueben un código deontológico y se conteste desde algún sector de Madrid -los "pontífices"- que detrás de ello está el Gobierno para así descalificar lo que debe ser una norma de todo buen profesional?
Como en estos ambientes de pueblo nos conocemos todos, algunos podrán pensar que estoy defendiendo a un determinado sector de la política. Se equivocan. No ha de pasar mucho tiempo para que esta colaboración la firmasen ellos mismos. Triste victoria de un sector de la profesión en que la palabra seriedad ha desaparecido. Siendo así las cosas me quedo con las tertulias de Radio Hita, al menos no intentan manipularme.
Aquí terminaba este artículo escrito hace un año. Posteriormente cae en mis manos un libro de Félix Santos: "Periodistas, polanquistas, sindicato del crimen, tertulianos y demás tribus". En uno de sus capítulos se reconoce los servicios prestados por la prensa a la sociedad y que yo rubrico, aplaudo y agradezco por desvelar graves casos de corrupción pero también hace una mención a una inquietud que existe por ciertos deslizamientos inquisitoriales poniendo como ejemplo de esa inquietud un artículo de Manuel Vicent. Algo que yo recordaba haber leído y que no me resisto a reseñar, no ya porque venga como anillo al dedo para esta colaboración sino por la oportunidad de disfrutar de una estupenda literatura:
«Está ardiendo una nueva hoguera de la Inquisición. En ella ya se han quemado varios ministros. Es probable que se abrase el Presidente del Gobierno, pero que nadie piense que en él se van a detener las llamas. Estas continuarán su frente por las bancadas de la Oposición hasta alcanzar a su Jefe de filas cuando ya hayan ardido múltiples diputados de uno y de otro bando. Luego se quemará en la plaza pública a algunos periodistas combativos sin desdeñar a sus mujeres. La sospecha llegará por último a la casa de usted, y si no es una ameba absolutamente pura, el fuego crepitará también bajo su brasero (...) La Santa Hermandad efectuaba batidas por las juderías y como no siempre capturaba las piezas necesarias para mantener las llamas, hubo que crear el estado de sospecha general, de forma que todo el pueblo participara en la carnicería. De entonces arranca este deporte nacional. Para saciar su sed de justicia comenzaron a funcionar las denuncias, los soplos, confidencias, chivatazos y venganzas privadas. El fuego de la Inquisición es siempre el mismo. Aquel tribunal se establece ahora cada mañana en los juicios paralelos de la radio, la prensa y la televisión: la hoguera ha sido sustituida por los fogonazos de los fotógrafos en los pasillos de los Juzgados. Dentro de poco todos seremos a la vez víctimas e inquisidores. Y ésta será la corrupción absoluta».

Gerardo Gil


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